domingo, 28 de junio de 2026
El hombre que pisaba cielo firme
A la memoria de mi padre, fallecido en Santander el 18 de junio de 2026
Entre todas las personas que pasamos por el mundo, a mi padre le tocó en suerte ser
Salvador Arias Nieto, como si su vida recordara aquella canción en la que Antonio Vega
distingue “tu voz entre otras mil”.
Yo quería escribir su necrológica, no por intentar igualar el sentimiento ni la altura literaria
que él puso en las decenas de maravillosas despedidas que escribió a lo largo de su vida,
sino porque siento que a él le gustaría que yo le dedicara estas líneas, de mi puño y de su
sangre.
Salvador vivió una vida extraordinariamente vivida, solo con la ayuda de su imaginación.
Nunca le oí hablar del peligro de estar vivo; al contrario, se jugaba la vida en causas
perdidas, dando siempre un poco más de lo que tenía. No conocía las distancias: siempre
intentaba estar cerca de todo y de todos.
Soñaba tan fuerte y tan a menudo que solo a ratos parecía tener los pies en la tierra; él
prefería pisar cielo firme. Fantaseaba con utopías que, al poco, convertía en realidad.
Y de
tanto ir y venir a la luna, muchas veces el mundo le parecía un “mundo traidor” , como
susurraba en sus últimos días.
Mi padre vistió de “media etiqueta” a toda una generación de jóvenes, la mía. Y lo hacía
por imperativo casi legal: «ser un poco elitistas, hombre», nos decía. Creo que ninguno lo
llegábamos a entender del todo, pero lo acatábamos sin rechistar, como un ejército de
fieles entusiastas.
Con su enfermedad tuvimos que celebrar de otra manera algunas fechas especiales del
calendario. El último 20 de noviembre, por ejemplo, lo celebramos entre convulsiones en
sus brazos y coágulos en el cerebro, con delirios de falsas insinuaciones y evocaciones a
la Alhambra de Granada y a Manolo Sanlúcar, como si estuviera contando uno de sus
famosos cuentos surrealistos.
Y el 15 de mayo vivimos un San Isidro distinto en el Hospital de Valdecilla, vestido con su
pijama de luces, con la bilirrubina marcando un trece en la escala de Richter. Esos días mi
padre ya estaba moribundo, con menos de 60 kilos, comiendo más bien nada, aunque
eso no era novedad, la comida siempre fue un trámite en su vida.
Cuando el personal del hospital le preguntaba que cómo se encontraba, él respondía con
un hilo de voz que “mejorcillo” , con una mezcla de humor negro y un acusado sentido de
la dignidad.
Ese día no creo que se me olvide jamás. Pasó lo que nunca quieres que pase: que la
estocada que te transmite la medicina es mortal. Y cuando eso sucede, te pasa todo por
encima, de arriba abajo.
Por suerte, mi madre y mis hermanas estaban allí. El dolor no se hace más pequeño al
compartirlo, pero sí le da sentido a la vida, a tu vida, incluso cuando la muerte ronda tan
de cerca.
Y cuando llegó su final, afortunadamente ya estaba en casa. Se fue abrazado a mi madre,
la mejor amiga de su alma, con sus tres hijos a los pies de la cama, unidos muy fuerte por
un hilo invisible para decirle adiós.
Yo quería escribir esta despedida recordando algunas de las muchas cosas a las que
dedicó su vida. Papá, ¿cómo voy a escribir tu autobiografía si cada día te inventabas un
oficio diferente?
Lo mismo hacía de capellán de farmacéuticos, que de emérito de los venencieros;
papista de lo jondo, antólogo de antologías, abuelo por vocación, recolector de diegos
claveles, cirujano de artistas plásticos, hijo adoptivo de Andalucía, amigo de las minorías,
enemigo de lo normal, jardinero de árboles genealógicos, rociero de la danza de Ibio,
exaltador de la amistad, ciudadano ilustre de La Plata… o soñador de sueños ajenos.
Adiós, papá. Siempre permanecerás con nosotros. Y lo de “descanse en paz” no te pega.
Estoy seguro de que seguirás siendo ese incansable guerrero que lucha incluso cuando la
guerra ya ha terminado.
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