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domingo, 25 de agosto de 2013

Ensayo sobre las vacaciones

Ensayo sobre la ceguera no es exactamente un ensayo. Yo diría que se parece más a una novela sobre la oscuridad por la que nos guiamos las personas que no somos ciegas.

La ceguera que narra Saramago no es común; es blanca y luminosa. Y contagiosa. Y es curioso pero, mientras la lees, parece que los ojos fueran una especie de espejos vueltos hacia dentro con los que mostramos lo que negamos con la boca.

A mí me ha servido como colofón de mis vacaciones de verano, como la desembocadura del verano, en las que, dicho sea de paso, me he pillado unos buenos ciegos, pero vocacionales y saludables. Debe ser por el aire del mar, que vivifica.

Saramago ya está muerto, que es como estar ciego dos veces, pero afortunadamente nos ha dejado novelas como ésta, en la que basta cerrar fuerte los ojos para ver con claridad la realidad.


No te recomiendo que la leas, pero hay que estar muy ciego para no hacerlo.

sábado, 3 de marzo de 2012

Un paseo por el subsuelo

Leo en los mares de internet que, según una encuesta del gremio de editores, uno de los libros que más se sigue leyendo en la actualidad es la Biblia. Y a mí me cuesta creerlo. Debe ser porque mi única fe cierta la encuentro siempre cerca de lo razonable. O debe ser porque yo no viajo habitualmente en metro, que es el lugar donde la gente más lee.

Pues eso; que en las grandes ciudades la lectura en el trayecto del metro, camino del trabajo, es una manera subterránea de leer, obligatoriamente voluntaria, amenizada entre canción y canción por algún intérprete ambulante, o acompañada por el sueño profundo del desconocido vecino de al lado.

Y yo no suelo ir en metro a trabajar, pero no porque le tenga miedo al subsuelo; de hecho, uno de los libros más recomendables del ruso más universal son ‘memorias del subsuelo’, pero que nada tiene que ver con el criadero de escenas que se suceden a diario entre estación, andén y estación.

Quizá esta semana me acerque a algún vagón del metro, pero solo para comprobar si las Biblias en formato de bolsillo han conseguido desbancar a las verdades de Ken Follett que, según tenía entendido, continúan siendo el mejor consuelo para recrearse en las dudas.

O quizá, para mi sorpresa, algún viajero lleve en sus manos la novela cuyo protagonista es el joven Piotrus, el chico que nació ciego y que, con su ceguera, cubrió de desesperación e impotencia su hogar.

Y fue su tío, Maxim, inválido de piernas a consecuencia de heridas en el campo de batalla, quien supo mirar detrás de los ojos de Piotrus, y así advirtió la delicadeza oculta en aquel niño. De esta forma inició una singular didáctica con su sobrino, que terminó por despertar su vocación musical, tras un proceso de afinidad con su realidad, tan solo ayudado por el oído y el tacto.

El drama interior de Piotrus tiene final feliz, ya que el chico consigue renunciar a su sufrimiento al hacer de la interpretación musical, no un simple sosiego para su espíritu, sino una forma de liberación.

De cualquier forma, si en mi paseo por el subsuelo no veo rastro de Piotrus, me consolaré como San Manuel Bueno, que se consolaba consolando a los demás, aunque el consuelo que les daba no fuera el suyo.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Sencillez suicida

Pirata, truhan, tahúr, polizón. Chulo y descarado. Pero aquí desamparado. Un retrato de una sencillez que desarma. Cantante y descantante. Único. Joaquín Sabina.


Juan José Millás

A veces, para hacer un buen retrato psicológico basta con hacer un buen retrato físico. Fíjense en éste, por ejemplo. Lo más probable es que el fotógrafo no pidiera al fotografiado que se estirara el cuello del polo, se abrochara el segundo botón o se pusiera una chaqueta. Tampoco que sonriera, que bajara la barbilla o que levantara una ceja. Quizá se limitó a decir: Ponte ahí y mira a cámara. Y el otro, pese a sus tablas, o quizá por ellas, se entregó al juego completamente indefenso. Si le hubieran vendado los ojos, parecería un fusilado. Nada de retórica, en fin, como si nos dijera: Yo soy esta mirada un poco desvalida, soy esas cejas insuficientemente recortadas, soy estas manchas de mi piel y estas canas de mis pelos del pecho y de los otros, soy las arrugas que veis en el degolladero, aquí estoy, amigos, a un cuarto de hora de la vejez, con lo que he sido.

El resultado de esa complicidad, o descomplicidad, entre el que se encontraba detrás y el que se encontraba delante de la máquina es una foto pía e impía al mismo tiempo, vale decir una foto piadosa y cruel, pero también beata y atea. Hay lo que hay, incluidas las diferencias de opinión entre el ojo derecho y el izquierdo, hay desamparo y arrogancia, y nostalgia y un poco de chulería, todo ello sacado adelante con una sencillez suicida. Aseguraba Sabina en la entrevista para la que se le hizo este retrato que se sentía póstumo, y eso es precisamente lo que se aprecia en el conjunto, como si el cantante o descantante actual fuera un hijo póstumo de sí mismo, una rareza.

domingo, 23 de octubre de 2011

Príncipe de Asturias de las letras 2011 para Leonard Cohen

No sé si te sobrarán algo más de doce minutos de tu rutina para poder ver este video, para poder contemplar la elegante historia de una pasión.

Lo que narra Cohen es sólo una pequeñísima parte de los entresijos de la interioridad de un músico poeta; pero, para mí, lo importante no es lo que le pasa, sino cómo le pasa y cómo lo revive.

Y a mí me ha gustado porque es como una novela realista de un mundo increíble, son emociones fuera de cualquier lugar y de cualquier tiempo, donde todo parece cotidiano, donde se relata algo que le puede pasar a cualquiera en algún momento de su vida, aunque no se tenga el don de Cohen para poder expresarlo.

domingo, 9 de octubre de 2011

Un día amarillo

JULIO JOSÉ ORDOVÁS 07/10/2011

Me niego a creer que Félix Romeo haya muerto. Félix amaba la vida con desesperación. En la columna que publicó el pasado domingo en Heraldo de Aragón, contaba que estaba asomado a un balcón de la plaza Real de Barcelona en una espléndida mañana que el verano le había robado al otoño y que la música de un congo que tocaba en la calle hacía que sus pies bailaran solos, y que de eso era de lo que él quería hablar, de la melodía milagrosa de la vida, contra la que nada podían hacer los pajarracos chillones de la crisis.

Como Obélix, él también se cayó de pequeño en la marmita, y la poción mágica hizo de él un lector sobrenatural. Félix Romeo vivía por y para la literatura. A los dieciséis años ya publicaba reseñas en la revista El Bosque y no solo parecía que había leído todos los libros, sino que realmente los había leído. Los libros que él más amaba eran los de carne y hueso, por eso tradujo a Natalia Ginzburg. No soportaba la impostura ni a los profesionales de la queja y se rebelaba ferozmente contra cualquier pretensión de adoctrinamiento o atisbo de totalitarismo. El valor de Orwell, la cabezonería arrolladora de Sender, el humor salvaje de Thomas Bernhard, la sonriente inteligencia de Szymborska, la escritura perpetua de Umbral... Los escritores que más le gustaban eran los escritores a los que hubiera querido tener por amigos. Y aunque muchos escritores le repatearan, como Juan Goytisolo, no podía disimular que disfrutaba peleando con sus libros.

Las cicatrices que tenía en la cara, y que le daban un divertido aspecto gangsteril, se las produjo un accidente automovilístico. Su amigo Chusé Izuel fue quien estrelló el coche contra una farola. A Chusé Izuel, que se suicidó cuando vivían juntos en Barcelona, le dedicó Amarillo, un libro desgarrador. También había escrito una novela, que aún no había dado por concluida, sobre el compañero de celda que tuvo en la cárcel de Torrero cuando le condenaron por insumisión, un tipo que había matado a su mujer y que no sentía ninguna culpa. Félix Romeo, que no entendía a los suicidas ni a los asesinos, quería extirpar de su mente esos tumores y vivir, como Goya, por lo menos hasta los ochenta y tantos años y no dejar nunca de aprender. ¿Y de quién vamos a aprender nosotros ahora que él se ha ido?

domingo, 3 de julio de 2011

Eran los días de la ocupación de París y la invasión a URSS

Había nacido en Viena, en 1881, y emigró a Brasil, a la ciudad de Petrópolis, porque no pudo soportar la anexión de Austria a la Alemania nazi. Era fiel a sus orígenes hebreos y le angustiaba la muerte de millones de judíos a los que trataba de salvar convenciendo a las autoridades brasileñas para que fundaran una colonia en alguna región del país. Su empeño fue inútil.

Esto no perturbó la edénica residencia del escritor en Petrópolis. Vivía en una colina en una casa parecida a la que habitó en Viena. La ciudad era bella y señorial. También vivía allí la cónsul de Chile, Gabriela Mistral, una de sus mejores amigas. Gabriela fue una de las primeras en acudir a la casa del suicidio apenas le comunicaron la tragedia.

Encontró aún tibio el cadáver de Zweig, perfectamente vestido en su lecho, con las manos en el pecho, el rostro sereno, Lotte -que se suicidó después- tenía la cara apoyada en el hombro de su marido y las manos cogidas a él.

Gabriela sollozó ante esa trágica visión y sólo atinó a decir “era llano como un niño”. Recién había almorzado con él dos días antes y preparaban la recepción al escritor Waldo Frank, que visitaría Brasil por esos días.

Planificó cuidadosamente el suicidio, eligió las sustancias tóxicas adecuadas para morir sin dolor, dejó trece cartas dirigidas a su ex mujer, a sus amigos más próximos, a las autoridades brasileñas.

Señaló por escrito la forma y el lugar en que debía ser enterrado y le entregó a su abogado una copia del testamento. La idea del suicidio siempre estuvo en su cabeza. Le gustaba citar una frase de Montaigne “cuanto más voluntaria es más bella la muerte”. Gabriela añadió “murió de guerra”. No soportó la ocupación nazi de casi toda Europa y la expansión del hitlerismo que parecía dominar al mundo.

En una de sus cartas de despedida escribió: “El mundo de mi lengua madre ha desaparecido y Europa, mi lugar espiritual, se destruye a sí misma. Mis fuerzas están agotadas por largos años de peregrinación sin patria. Así, juzgo mejor poner fin a tiempo. Saludo a mis amigos. Quizás ellos vivan el amanecer tras la larga noche. Yo estoy demasiado impaciente y parto solo”.

Fdo.: Luis Alberto Mansilla

jueves, 30 de junio de 2011

Céline, intratable

FERNANDO SAVATER 28/06/2011

A fuerza de proclamar que este año no se va a celebrar oficialmente de ningún modo el medio siglo de su muerte, Louis-Ferdinand Céline se ha llevado por fin la conmemoración más sonada. Y también la más comprometida intelectualmente: no para él, claro, sino para nosotros sus lectores.

Porque la cuestión no es si Céline (es curioso que el afamado misógino Destouches eligiera un seudónimo femenino para firmar sus libros, caso infrecuente... como todo lo que le atañe) merece recibir homenajes, ya que literariamente es difícil negárselos y humanamente es imposible rendírselos.

Lo inquietante es el estremecimiento que su obra produce en quienes la frecuentamos y que nada tiene que ver con el acatamiento de su ideología política o, más bien, de sus ideologías: pacifista hasta 1940, colaboracionista antisemita después, inventor de una suerte de bufo "socialismo a la francesa", etcétera. ¿Cómo podemos apreciarle tanto, sin dejar nunca de detestarle?

Desde luego, no se trata de un problema moral. La competencia profesional o la valía artística pueden darse en personas muy poco recomendables... sin que dejemos de apreciarlas. A mí no me importa si el piloto del avión en que viajo es buen padre de familia, me basta con estar seguro de su pericia. Si no la tiene, ya puede ser santo que preferiré viajar en tren.

La moral no es universalmente exigible en todos los campos (como el respeto a la legalidad), todo lo más resulta deseable. Quien se niega a leer a Quevedo (cuya ideología no fue mucho mejor que la de Céline), o rechaza El mercader de Venecia por antisemita y Otelo por apología de la violencia de género es un filisteo, no un exquisito moralista.

Pero lo grave es que las abominables desmesuras raciales y políticas de Céline mantienen un torturado parentesco con los rasgos que hacen su obra única e insustituible en la literatura del siglo XX.

Lo más parecido a una poética que escribió Céline es Entrevistas con el profesor Y, una obrita muy breve y llena de un regocijo feroz. Allí explica su hallazgo fundamental, la invención de la prosa de la emoción, junto a la cual las demás escrituras parecen inertes.

Esa intensa vibración celiniana -sus famosos tres puntos suspensivos, su permanente desbordamiento a la par cáustico y popular- es la emoción ante la muerte, destinataria central de sus libros. Muerte de cada uno de nosotros, por supuesto, pero también acabamiento de la sociedad, la historia, la civilización.

Para Céline, sin esa emoción no hay poesía y sin poesía no hay verdaderos escritores, solo aquellos del tipo que desprecia, "un tercio cerdo, un tercio gorila, un tercio chacal, nada más". La muerte es la victoria del mal por excelencia, al que solo se enfrenta el verdadero arte, estremecido en su total abandono.

Philippe Muray, autor del mejor ensayo sobre Céline (Ed. Gallimard), resume el combate: "Hacer arte con el Mal es el gran arte, el único. Consiste en saber que el Mal no se liquida, como creen los hombres de la antivisión política, sino que la obra es el único lugar donde el Mal puede transformarse inversamente en Bien".

Todos detestaron en su día a Céline, por su nihilismo que obstinadamente se niega a la pereza de la esperanza: todos, nazis, resistentes, la buena y la mala gente. Él mismo lo dijo: "En el periodo más rabioso de la historia de Francia, puedo enorgullecerme de haber logrado al menos la unanimidad de los franceses en un punto: mi asesinato".

No, no habrá homenajes oficiales para él, ni ahora ni nunca. Se encargó de hacerlos imposibles. Solo le corresponde uno, mínimo y salvaje, que Philippe Muray condensó en la primera frase de su ensayo: "El nombre de Céline pertenece a la literatura, es decir, a la historia de la libertad". El resto es silencio.