jueves, 7 de julio de 2011

Mis cardinales (6)

Si te digo que cuando escucho a Luz asocio la música a la dignidad, seguramente no te suene a nada.

Si te digo que '18 años' narra una fugaz historia de amor entre una mujer madura y un chico que apenas ha cumplido la mayoría de edad, seguramente te retirarás a aquel sitio en el que se confunden los pensamientos y los recuerdos.

Si te digo que esta canción se trata de una versión que popularizó la cantante francesa Dalida, te parecerá que la felicidad no acaba nunca.

Y si te transportas al terreno de las baladas tristes, quizá imagines que el mar es muy grande y que en él cabe todo el mundo.

’18 años’. Año 2007. Luz Casal. ‘Vida tóxica’. EMI.

miércoles, 6 de julio de 2011

Que ciento volando

36. Tengo la costumbre de resucitar.
37. Ponme dos medios para llevar.
38. Xavi, Iniesta, Cesc y Thiago.
39. No sabemos lo que nos pasa.
40. Y por eso nos pasa lo que nos pasa. Ortega.

Mis cardinales (5)

Siempre me quedo sin palabras al escuchar Palabras. Es una sensación difícil de explicar.

Es como leer un disco. Como escuchar un libro. Como sentir un cuadro. Como degustar una fragancia. O como oler un manjar.

Es como un deber. Es como embarcarse en una nave que no vuelve más. Como tener patente para trasladarse a otro mundo. Es como escribir sin palabras tus propios recuerdos.

‘Palabras’. Año 1994. Antonio Vega. ‘Océano de sol’. Polygram.

martes, 5 de julio de 2011

Mis cardinales (4)

‘Si mis flores no te gustan, tíralas, para eso están’. Parece una frase hecha con la gravedad de las cosas santas pero, o mucho me equivoco, o tiene sólo que ver con un inflamado desamor.

Quizá esta canción narre hechos ficticios. Inventados. Pero para el que la escucha, parece una historia posible. Incluso podría sazonarse con algún juramento, para hacerla más creíble, pero siempre fuera del estribillo, por mantener las formas.

En su letra se comparten noticias y sentimientos. Las noticias son malas. Los sentimientos buenos. O al revés. El caso es que, al escucharla, te puedes embriagar de tantas maneras como gustes.

‘Nada más’. Año 1980. Mamá. José Mª Granados. Polydor.

lunes, 4 de julio de 2011

Que ciento volando

31. Ponte en mi lugar. Me quedan 70 más.
32. ¡Ten cuidado!, que hay mucho mamao por la noche.
33. Me tomo una más y me marcho.
34. La que nos hizo famosos.
35. Son, de Laredo, son, de Laredo, niña.

domingo, 3 de julio de 2011

Eran los días de la ocupación de París y la invasión a URSS

Había nacido en Viena, en 1881, y emigró a Brasil, a la ciudad de Petrópolis, porque no pudo soportar la anexión de Austria a la Alemania nazi. Era fiel a sus orígenes hebreos y le angustiaba la muerte de millones de judíos a los que trataba de salvar convenciendo a las autoridades brasileñas para que fundaran una colonia en alguna región del país. Su empeño fue inútil.

Esto no perturbó la edénica residencia del escritor en Petrópolis. Vivía en una colina en una casa parecida a la que habitó en Viena. La ciudad era bella y señorial. También vivía allí la cónsul de Chile, Gabriela Mistral, una de sus mejores amigas. Gabriela fue una de las primeras en acudir a la casa del suicidio apenas le comunicaron la tragedia.

Encontró aún tibio el cadáver de Zweig, perfectamente vestido en su lecho, con las manos en el pecho, el rostro sereno, Lotte -que se suicidó después- tenía la cara apoyada en el hombro de su marido y las manos cogidas a él.

Gabriela sollozó ante esa trágica visión y sólo atinó a decir “era llano como un niño”. Recién había almorzado con él dos días antes y preparaban la recepción al escritor Waldo Frank, que visitaría Brasil por esos días.

Planificó cuidadosamente el suicidio, eligió las sustancias tóxicas adecuadas para morir sin dolor, dejó trece cartas dirigidas a su ex mujer, a sus amigos más próximos, a las autoridades brasileñas.

Señaló por escrito la forma y el lugar en que debía ser enterrado y le entregó a su abogado una copia del testamento. La idea del suicidio siempre estuvo en su cabeza. Le gustaba citar una frase de Montaigne “cuanto más voluntaria es más bella la muerte”. Gabriela añadió “murió de guerra”. No soportó la ocupación nazi de casi toda Europa y la expansión del hitlerismo que parecía dominar al mundo.

En una de sus cartas de despedida escribió: “El mundo de mi lengua madre ha desaparecido y Europa, mi lugar espiritual, se destruye a sí misma. Mis fuerzas están agotadas por largos años de peregrinación sin patria. Así, juzgo mejor poner fin a tiempo. Saludo a mis amigos. Quizás ellos vivan el amanecer tras la larga noche. Yo estoy demasiado impaciente y parto solo”.

Fdo.: Luis Alberto Mansilla

sábado, 2 de julio de 2011

Que ciento volando

26. Hoy me quito la palabra.
27. Señora de rojo sobre fondo gris. Don Miguel.
28. La vida te lleva por caminos raros. Quique y Vasallo.
29. Como en casa de uno, en ningún sitio. Tú.
30. Como fuera de casa de uno, en ningún sitio. Sabina.

viernes, 1 de julio de 2011

Mis cardinales (3)

Mis cardinales no son sólo las de la movida, la de los pelos de colores. Hay sitio para todos y para todas. Y para Gloria Lasso, por supuesto, la diva que ni se llamaba Gloria ni se apellidaba Lasso.

La luna de miel es una canción a la medida del hombre, porque pasa de un tiempo a otro tiempo y hace que las cosas no cambien. Si tienes un momento libre, escúchala varias veces, porque todavía quedan plazas libres en el paraíso.

Que ciento volando

21. Vega que estás en los cielos.
22. Prefiero el nudo al desenlace.
23. Galdós, Flaubert, Tolstoi y Fiodor.
24. ¿Cuándo empieza otra vez la liga?
25. Millás, Madero, Camacho y Marías.

jueves, 30 de junio de 2011

Céline, intratable

FERNANDO SAVATER 28/06/2011

A fuerza de proclamar que este año no se va a celebrar oficialmente de ningún modo el medio siglo de su muerte, Louis-Ferdinand Céline se ha llevado por fin la conmemoración más sonada. Y también la más comprometida intelectualmente: no para él, claro, sino para nosotros sus lectores.

Porque la cuestión no es si Céline (es curioso que el afamado misógino Destouches eligiera un seudónimo femenino para firmar sus libros, caso infrecuente... como todo lo que le atañe) merece recibir homenajes, ya que literariamente es difícil negárselos y humanamente es imposible rendírselos.

Lo inquietante es el estremecimiento que su obra produce en quienes la frecuentamos y que nada tiene que ver con el acatamiento de su ideología política o, más bien, de sus ideologías: pacifista hasta 1940, colaboracionista antisemita después, inventor de una suerte de bufo "socialismo a la francesa", etcétera. ¿Cómo podemos apreciarle tanto, sin dejar nunca de detestarle?

Desde luego, no se trata de un problema moral. La competencia profesional o la valía artística pueden darse en personas muy poco recomendables... sin que dejemos de apreciarlas. A mí no me importa si el piloto del avión en que viajo es buen padre de familia, me basta con estar seguro de su pericia. Si no la tiene, ya puede ser santo que preferiré viajar en tren.

La moral no es universalmente exigible en todos los campos (como el respeto a la legalidad), todo lo más resulta deseable. Quien se niega a leer a Quevedo (cuya ideología no fue mucho mejor que la de Céline), o rechaza El mercader de Venecia por antisemita y Otelo por apología de la violencia de género es un filisteo, no un exquisito moralista.

Pero lo grave es que las abominables desmesuras raciales y políticas de Céline mantienen un torturado parentesco con los rasgos que hacen su obra única e insustituible en la literatura del siglo XX.

Lo más parecido a una poética que escribió Céline es Entrevistas con el profesor Y, una obrita muy breve y llena de un regocijo feroz. Allí explica su hallazgo fundamental, la invención de la prosa de la emoción, junto a la cual las demás escrituras parecen inertes.

Esa intensa vibración celiniana -sus famosos tres puntos suspensivos, su permanente desbordamiento a la par cáustico y popular- es la emoción ante la muerte, destinataria central de sus libros. Muerte de cada uno de nosotros, por supuesto, pero también acabamiento de la sociedad, la historia, la civilización.

Para Céline, sin esa emoción no hay poesía y sin poesía no hay verdaderos escritores, solo aquellos del tipo que desprecia, "un tercio cerdo, un tercio gorila, un tercio chacal, nada más". La muerte es la victoria del mal por excelencia, al que solo se enfrenta el verdadero arte, estremecido en su total abandono.

Philippe Muray, autor del mejor ensayo sobre Céline (Ed. Gallimard), resume el combate: "Hacer arte con el Mal es el gran arte, el único. Consiste en saber que el Mal no se liquida, como creen los hombres de la antivisión política, sino que la obra es el único lugar donde el Mal puede transformarse inversamente en Bien".

Todos detestaron en su día a Céline, por su nihilismo que obstinadamente se niega a la pereza de la esperanza: todos, nazis, resistentes, la buena y la mala gente. Él mismo lo dijo: "En el periodo más rabioso de la historia de Francia, puedo enorgullecerme de haber logrado al menos la unanimidad de los franceses en un punto: mi asesinato".

No, no habrá homenajes oficiales para él, ni ahora ni nunca. Se encargó de hacerlos imposibles. Solo le corresponde uno, mínimo y salvaje, que Philippe Muray condensó en la primera frase de su ensayo: "El nombre de Céline pertenece a la literatura, es decir, a la historia de la libertad". El resto es silencio.