jueves, 18 de noviembre de 2010

No digas que no

Acabo de leer dos emilios que inmediatamente he guardado en la carpeta de H. Me los mandaron ayer dos de los grandes. Una es una S que empieza por R, y el otro es un S que empieza por G.

A ellos dos, y a mí, no nos unió la música de Enrique Urquijo, aunque quizá su música haga que no nos separemos nunca, porque su recuerdo compartido quizá nos sirva para llenar el hueco que debieran ocupar sus nuevas canciones.

Ayer se cumplieron once años de la muerte de Enrique, pero lo malo de la muerte es que nunca pasa de moda.

Lo bueno, y a la vez lo malo, es que no hay situaciones a las que el hombre no pueda habituarse, sobre todo si ve que todos los que le rodean sobreviven del mismo modo.

A Enrique la vida se le hizo intolerable, y a nosotros nos parece intolerable que se fuera para no volver.

Esta tremenda canción va dedicada, en D+1, a R y a G. No digas que no es bonita.

‘Por todo el camino, de mi barrio a tu barrio. Cómo convencerte, venía pensando. Nunca se recibe sin dar nada a cambio. Yo daría mi vida por dormir en tus brazos. No digas que no, no soy un extraño. No puedo volver y estoy tan cansado. No soy el mejor eso está muy claro. No digas que no, estoy en tus manos.’


martes, 16 de noviembre de 2010

Romance de Curro El Palmo

Ojalá en alguna vida imaginaria uno de mis yoes pudiera, aunque sólo fuera una vez, acompasar unos ayes como los que descose Antonio Vega en esta canción compuesta por Joan Manuel Serrat.

¿Y a santo de qué me pongo a recordar esto hoy? Pues debe ser un acto reflejo motivado por el cedé de versiones del alpinista que lleva unos días en circulación; mi subconsciente se ha debido acordar de este  esplendoroso cantar; la mejor versión que jamás he escuchado de una canción.

O será por aquello de ‘….buscando el olvido se dio a la bebida, al mus, las quinielas y, en horas perdidas, se leyó enterito a Don Marcial Lafuente, por no ir tras su paso como un penitente.’

La del Palmo es una canción con una letra que liquida los problemas cotidianos. Que te hace no querer estar en lo que celebras. Que te habla con letra de médico. Una canción que acuestas a tu lado y duermes a pierna suelta.

Por eso pongo otra vez el cartel de no molestar.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La penúltima

La penúltima no fue de blanco y oro. Como la de Manolete en el 63 en el coso de Cuatro Caminos. Pero fue una buena faena. Seguramente porque estábamos casi todos los que estábamos. Y nos distribuimos por grupos.

A Estribor los listos de la clase. A Babor los amnésicos con cola ligth. A Proa los que sufren paramnesia crónica. Y a Popa los piratas sin parche en el ojo.

Al Norte los civilizados. Al Sur los vecinos del cuarto. Al Este los marcianos de Júpiter. Y al Oeste los que se empeñan en llegar a fin de mes.

A la Derecha los del juzgado de primera instancia. A la Izquierda los tristes que huyen de la felicidad. Arriba los cristianos; justo detrás de los ateos y un paso delante de los agnósticos. Y Abajo los sindicalistas que viven con el sudor del de enfrente.

Al Fondo a la derecha los daltónicos y los disléxicos. Y al Fondo a la izquierda los revolucionarios y los reaccionarios.

Sólo faltabas tú. Así que vete mojando tus barbas para la próxima vez. Y tiro porque me toca.

No hace falta que hagas acuse de recibo.






viernes, 12 de noviembre de 2010

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El alpinista de los sueños

Después de visitar de nuevo algunos de los viejos tesoros del Vega, uno siente que no se envejece en balde. Uno siente que todavía le está permitido irse de la realidad sin pedir permiso a nadie. Que todavía uno puede seguir corriendo con su particular monstruo detrás.

Aunque para calificar los temas de Antonio Vega en ‘formato versión’, creo que, en la mayoría de los casos, se puede usar el nombre de Dios en vano. También es cierto que no esperaba encontrar nada especial en ellos. Porque es difícil tratar de acosar a un sentimiento cuando deja tanto rastro.

Además, los homenajes a los muertos se suelen componer de huellas contantes y sonantes, bien exprimidas por los secuaces de la SGAE y, sobre todo, de recuerdos de sueños que ya se hicieron realidad.

Lo mejor de un disco de versiones es que te da sobrados motivos para volver a escuchar las canciones originales. Son motivos renovados, que te permiten apreciar tus tesoros de una forma diferente, como si te contaran la historia por primera vez, como si fueras al cine con los ojos de un niño.

Y, al reencontrarte de nuevo con ellos, es como si te quisieras torturar de felicidad, como si quisieras castigar tu pasado más dulce, como si tuvieras miedo que se acabaran las calles, como si detestaras comenzar un nuevo plan, como si cometieras pecado al pisar otra vez el sitio de tu recreo.

Pero en seguida te arrepientes de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y entonces vuelves a pinchar ‘El alpinista de los sueños’. Porque el nombre apunta muy alto. Porque es un regalo de otra náufraga. Y porque no estás seguro de haber sido del todo justo.

Y entonces vuelves a escuchar con recelo tus temas favoritos desde otras voces. Pero no te entran. Porque,  en el fondo, piensas que algún intruso se empeña en ordenar una habitación que no es la suya, y que te quiere arrancar la tristeza del bolsillo. Y la careta de cartón.

Y te parece llegar a casa y que no se parezca a tu casa. Y te vuelves a dormir el sueño eterno. Esperando nada.